Calle Regina

Por: Isaac Emmanuel Palestina Duarte

La ciudad de México es el lugar donde puedes encontrar todas las contradicciones en un vagón. Oculta su cartera en la bolsa del saco y su celular en la del pantalón, el libro de Herman Héller en el brazo derecho. Frena bruscamente el metro –la merced, falta una para bajar-, tres estaciones en el metro son diez  minutos,  en carro una hora, bendito Gustavo Díaz Ordaz, lo mejor de su sexenio fue la línea rosa. Baja en Pino Suárez, sube las escaleras esquivando gente, su maleta lo delata como provinciano, sale de la estación y camina rumbo a la catedral. En Isabel la católica está su hotel, smog, chilangos, taxis. Lo siento joven no puede pasar a su habitación hasta la 1 p.m. a esa hora empieza el tiempo de su reservación.

Tiene tres horas que perder para poder dejar su maleta –siente que trae un letrero para los carteristas- camina sobre Isabel la católica hasta Francisco I. Madero, encuentra el museo del “Estanquillo”, una colección de miniaturas y una exposición especial sobre la nota roja, todo en honor a Monsiváis; mapas y mapas de la evolución demográfica de la ciudad << ¿Qué tiene de bueno la pinche ciudad de México?>> -piensa-  <<9, 000, 000 de habitantes>> contesta Carlos Monsiváis.

Regresó al hotel, pensando en lo hermoso que son los colores de la ciudad, la contaminación auditiva, el sudor, la asfixia, la maldita individualidad en un lugar tan grande, la insignificancia de su vida y de todos, pero en suma son importantes ¿no? Se siente muy pequeñito ahora. La señorita de la recepción le da su llave y él se conduce a su habitación, -tercer piso de un edificio colonial, habitación 120- entra y el olor a “Pinol” lo ataca con ferocidad, la cama en medio del cuarto, el piso de madera, una televisión colgada, en frente de la cama un tocador con espejo y una ventana desde la que se puede ver el patio del hotel.

Un par de señoritas se detienen en el café y miran la lista de espera. En la sección de fumadores ven a un joven moreno, de espalda ancha, saco gris, camisa negra y con un peinado hacia atrás fresquecito. Aleska parece entre gemir y maullar comunicándose con Julia, esta responde con graznidos. Se acercan al joven. <<Hola venimos con él, nos está esperando>> -Julia saluda al joven, Enrique baja el periódico y también saluda-, <<amm… sí las estoy esperando>>, el mesero se retira << ¿te molesta si nos sentamos contigo? no queremos hacer fila, nos quedamos calladitas>>, <<claro, pero no se queden calladitas>> -contesta Enrique-.

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Se quita el saco, se lava la cara, se recuesta en la cama y piensa ¿A dónde ir? A Bellas Artes, al Memoria y tolerancia, a Chapultepec… No, tiene que ser breve y cerquita la exposición para que le dé tiempo de terminarla, aún no es hora para ir por una cerveza, un café ni madres, pinche calor…

<<¿De dónde vienes? viene de Polonia>> -contesta Julia- , <<pero no sabe ni un pinche diptongo de español>> <<¿tú eres de aquí?>> –pregunta Enrique- <<Sí vivo en Coyoacán, por Miguel Ángel de Quevedo>>, <<ahh… sí ya sé dónde, yo vengo de una provincia, vine para festejar mi cumpleaños>>, el calor es insoportable aunque ya obscurece. Aleska hace un intento por entender, seguro escucha ruidos rarísimos y los ve como un niño con lupa ve un hormiguero o un animal ponzoñoso que se mueve, Enrique Palermo lo nota y la mira con idéntica extrañeza, ella se incomoda y baja la mirada, Julia Olsen, parece aburrida de la conversación, sólo buscaba donde refugiarse del calor y descansar un poco los pies y quitarse las sandalias, cuando le dijo que se quedaría calladita no lo decía queriendo parecer una niña bien portada, quería quedarse callada, <<pero este pinche mono, no puede perder una oportunidad para ligarse algo, y más si la vieja le cayó del cielo>> pensó.

Abrió poco a poco los ojos, y se limpió un poco la saliva que escurría por su cara, no sabía dónde estaba, se quedó tirado unos segundos ¡puta madre! Me quedé dormido ¿Qué horas son? Las seis veinte vale madres, mi pinche día en la Ciudad de México. Se acomodó la camisa, el saco, peinó su cabello, y limpió un poco sus zapatos, bajó del hotel, y caminó rumbo a Regina, vio el café “Remikin” estaba lleno, había que anotarse para poder sentarse, pinche ciudad de México, pinche sobrepoblación, ni respirar se puede, putos extranjeros sólo vienen a mirarnos feo, como si por güeros fueran más chingones, bola de pendejos.

Enrique se percató del malestar de Julia con la plática y admitió la imposibilidad de hablar con Aleska, cruzó su pierna y continuo leyendo el periódico, tomando de a sorbos su café. Pasado un tiempo, la obscuridad se adueñó de la bellísima calle Regina, paseaba tanta gente, había tanta música, tantos olores, un mural de “La familia Burrón” imitando “El paseo de la alameda” de Diego Rivera, a mitad de calle un árbol de jacaranda sus hojas moradas en el suelo, no había porque entristecerse porque una muchacha no le quisiera hacer caso.

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Después de anotarse en la lista de espera y estar parado mentando madres a la pinche Ciudad de México, Enrique ocupó una mesa en la sección de fumadores, los que esperaban un lugar en el café lo miraban feo, él era uno y esa una mesa de cuatro. Pidió el periódico, un café árabe y un vaso de agua, ignoró las miradas, y con un cigarro entre dedos desahogó su impotencia de perder el tiempo, de ser insignificante en esa inmensa ciudad, de perder su dinero, haciendo algo que él no era –un pinche citadino-.

Cuando dio el último sorbo a su café notó que Aleska sólo miraba a los transeúntes, le pareció bastante tierno, y pensó en lo terrible que debe ser no poder comunicarte con nadie, ni entender nada a tu alrededor, Julia sin embargo leía una novelita de Tolstoi… pensó en preguntarle sobre su novela, demoro formulando una pregunta y aunque no se decidía pensaba y fantaseaba en muchas cosas para poder hablar con ella…

<<¿sabes qué es lo peor de la muerte?>> preguntó Enrique <<Estoy leyendo “La muerte de Ivan Illich” esto es lo peor de la muerte>> -enseñó el libro-, <<ya sé, la indiferencia, el formalismo del pésame, la hipocresía del nexo familiar>> arremetió el joven. Por primera vez Julia le encontraba un atractivo a Enrique y le explicó con sonidos inentendibles a Aleska lo que acababan de decir. Aleska de ojos verdes y el cabello pelirrojo, piel clara como la nieve, con pecas por todos lados, a él le parecía muy tierna, pero nada atractiva, le gustaba más el carácter de Julia, lo severo de su voz, la seguridad que radiaba, su piel de azúcar refinada y sus pestañas, era una belleza mexicana. Platican largo rato en un triángulo informático sobre Tolstoi, Dostoievski y la recién premio nobel Svetlana Aleksievich, por fin en la literatura encuentran un idioma similar algo que los hace sonreír, y que alegra su insignificancia en el hormiguero anteriormente llamado “D.F.” Enrique siente que la plática es de uno de sus tantos sueños, ahora piensa en cómo llevarlas al hotel y  desnudar a Julia…

Enrique sigue puntual las instrucciones de Julia y  lame el clítoris de Aleska, el líquido escurre por su  ano, Enrique mete un dedo sin preguntar, Aleska trata de defenderse, grita, pero la vence el placer y gime despacito empujando la cabeza del succionador a su cuerpo. Se dicen cosas entre ellas, y Enrique exige más órdenes a Julia. En el borde de la cama Julia yace urgiendo con sus dedos su vagina, de pronto su pie es tomado con fuerza por Aleska y llevado a su boca. Julia se retuerce de placer –ya métesela le ordena a Quique ¡pinche polaca! exclama- sus piernas tiemblan, a sus dedos se aproxima un orgasmo. Enrique lo nota se conduce a ella, Julia no dice nada, parece poseída, Enrique la penetra y Julia no para de gozar, un chorro de agua hirviendo golpea los testículos y las piernas de Enrique mientras la penetra, Aleska no para de reír, de repente siente ganas de vomitar.

Oportunamente Enrique las invita a tomar una cerveza en un bar de la calle, las chicas aceptan, Julia se ofrece a pagar la cuenta y Enrique acepta con la condición de que él pague las cervezas. Caminan por Regina, esquivan gente, jóvenes que gritan y cantan, vendedores de dulces y cigarros, una señora se aproxima, jala un diablito y en él una garrafa de pulque, parece que reza pero en realidad ofrece <<un pulquecito pa´la calor>> <<un pulquecito>> <<tómese un pulquecito joven>> <<deme tres litros por favor>>, la mujer en tres contenedores de un litro sirve el espeso y blanquizco líquido, Julia reparte los contenoderes y continúan caminando, los tres entran al bar se sientan y beben el pulque mientras esperan la cubeta de cervezas y los tarros chelados,  a la extranjera le gusta, no sabe que es el pulque, <<es una malteada>> miente Julia en su idioma, mientras beben y conversan, ven a una mujer bellísima pasar, los tres quedan impresionados, ante estrecha cadera, un vestido amarillo y el color afroamericano en su piel, ven sus nalgas perfectamente dibujadas, Julia dice que trae tanga, esto provoca una conversación sobre lo sensualidad negra, la indígena, y la extranjera, por cierto la extranjera tiene los efectos del pulque y la cerveza, parece ida, sin embargo sigue bebiendo.

Trata de correr pero no encuentra un baño, Julia tiembla en posición fetal. Enrique busca con que limpiarse, el vómito naranja salpica todo el cuarto, Aleska de rodillas no puede parar- ¡el efecto magnifico del Pulque!- Enrique siente excitación con el olor y el sonido de las arcadas de la mujer vomitando, se coloca detrás de ella, la empuja y pasa una toalla alrededor de su cadera, ahora se menea adelante y atrás con fuerza impulsado por el amarre de la toalla, cada intento de vomitar, contrae la vagina de  Aleska; cuando para de vomitar de inmediato tiene un orgasmo larguísimo, Enrique Eyacula y grita, no puede zafarse de Aleska, su vagina lo abraza con fuerza, Julia se ha quedado dormida. La chica polaca cae, su cara en la substancia naranja y pestilente, no controla su cuerpo, todo es nubloso, sus nalgas están hirviendo y ahora son rojas, Enrique se levanta y busca su cajetilla de cigarros entre las bolsas de su saco, se sienta en el tocador y vislumbra el panorama de las dos mujeres ensimismadas…

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La conversación es guiada como por las ramas de un árbol de tema en tema, Julia confiesa que le aterran los penes, Enrique comparte su fobia,  tampoco le gustan las vaginas, en una ocasión se encontró a su amiga cogiendo con su novio y a ella le gusto mirarlos; se quedó paralizada y cuando reaccionó se estaba masturbando, desde entonces ha pagado un par de veces a amigas para que la dejen mirar mientras follan. Él le cuenta que le gusta que lo arañen y hacerlo un poco rudo, en una ocasión mientras se tiraba a una chica, le llego un olor a excremento que disfrutó bastante, desde entonces lo busca en cada amante, si lo percibe se corre en seguida, ambos notan lo borracha que esta la extranjera, me siento un poco excitada-dice Julia-, pero no por ti, ni por ella –señalándola-, sino por la imagen que tengo en la cabeza de un hombre que en el sexo busca el olor a mierda, él entonces le dice que acaba de tener una erección y que le contará una fantasía que se le acaba de ocurrir: <<tirar con una persona con la cual no pueda entender ninguna puta palabra, para darle nalgadas, morderle los pezones, o meterle un dedo por el culo, sin palabras de emergencia, un sí o un no>>. Aleska en su idioma pregunta por un baño, se siente mal, <<tranquila Aleska, Enrique nos llevara a su cuarto y ahí podrás descansar>>, <<¡mesero la cuenta!>> se apresura Enrique, <<Ahora que se fue, apúrate vámonos>>, <<¿no vas a pagar?>> primero corren huyendo de los meseros, extraviándose entre la multitud, poco a poco caminan como cualquier trio de borrachos por la bellísima calle Regina, la extranjera apenas y levanta los pies, sus ojos cristalinos se pierden en lo obscuro del cielo, Julia le dice severamente a Enrique, le vas a hacer sólo lo que yo quiera…

Mientras Enrique sigue pensando que preguntar sobre Tolstoi, la chica Morena agradeció a Enrique.  Dejaron su cuenta y se retiraron, el joven sintió un vacío en el estómago. Ambas se alejaron paulatinamente del café entre el bullicio de la ciudad, Enrique  pidió la cuenta, cerró el periódico, y se reprochó no atreverse a invitarles una cerveza, ni siquiera preguntaste su nombre ¿tan provinciano eres? No, esto no es de provincianos, es de pendejos Enrique.