Mi credo

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Por: Dioni.

“Toda cosa estrafalaria cosa es posible, hasta la perpetuidad de un infierno, pero también… es una irreligiosidad creer en él”. Jorge Luis Borges

No creo en un Dios todopoderoso,

creador del cielo y de la tierra.

Creo en un Dios conocedor de esta naturaleza, que no interfiere ni altera el curso y fluir de mis ideas.

Creo en un Dios con el que basta voltear los ojos en propio pecho para conocerlo.

No creo en un Dios omnisciente, incapaz de reconocer sus propios errores.

No creo en un Dios omnipresente, insensible para no salvar a cualquiera de la desolación.

Creo en un Dios que es lo que cada día necesito de él.

Creo en un Dios que habla en silencio.

No creo en el Dios de la religión y el dogma. Creo que lo religioso es un misterio y no un monasterio.  Tampoco creo en quienes dicen defender su franquicia.

Creo en un Dios sin adjetivos, libre de los prejuicios y arrebatos de un mundo que lo cree perdido.

Creo en un Dios que se manifiesta en la sonrisa de las personas, en las lágrimas de los bienaventurados, en la belleza del niño que mira algo por primera vez.

Creo en un Dios que hace de la vida un banco espiritual para crecer, y sólo se crece en el dolor, en el sufrimiento, en la adversidad.

Creo en un Dios que percibe el tiempo desde la eternidad, y que nada hay que sólo pueda ocurrir una vez.

Creo en un Dios que hace por mí lo que yo, algún día, tendré que hacer por él: confiar.

Creo en un Dios que no genera expectativas ni ilusiones, no espera limosnas ni retribuciones, sino hacer lo que yo creo correcto.

Creo en ese principio universal, tan viejo como el tiempo: ama al prójimo como a ti mismo.

Creo en un Dios que me impulsa a lo más atrevido y audaz: conocerme a mí mismo.

Creo en un Dios sin azares ni caprichos, salvo cumplir con la firma de todo destino: llegar a ser el que soy.

Creo que en cada ser vivo habita algo de Dios.

Pero ante todo y, sobre todo, creo en un Dios que no espera que crea en él.