Del Doloroso Placer

Por: Abril Carro González

Me decido a  dejar de comer pastel. Es difícil pero el doctor dice que es lo mejor. Los Ingredientes del pastel me hacen mucho daño, pero no por separado. Toleró un vaso de leche en la mañana o unos huevos en el desayuno, o un poco de harina en el pan de la noche. Incluso le pongo azúcar a mi té y mantequilla a mis verduras. Pero, con el pastel, mis intestinos sufren y mi estómago si hablará me gritaría  “duele, y duele mucho”.

No solo es recomendación del doctor. Mis amigos también me lo han dicho. -Deja de comer pastel Abril-. -El pastel sólo te engorda-. -No vale la pena, por más rico que sea el pastel si este te hace sentir enferma. -Te la vives quejándote por culpa de esa necedad tuya de comer lo que te hace daño-.

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Así que una vez más, dejo el pastel. Y digo una vez más porque no es la primera vez que lo hago. Siempre espero que cada vez sea la definitiva y con mucha voluntad y ánimos me someto a una dieta rigurosa. En sólo una semana la hinchazón intestinal desaparece casi por completo y mi estómago funciona perfectamente. Incluso me siento más guapa y delgada. Comienzo a tomar más agua, me dan ganas de hacer ejercicio y mi sueño mejora porque el dolor desaparece poco a poco.  Pero de pronto cuando ya nada me duele, me acuerdo del pastel y de lo bien que me supo esa primera vez que lo probé. Y me acuerdo de la nuez que tiene encima y me acuerdo de las fresas, de lo mucho que me gusta el pastel de chocolate ¡Un antojo terrible!  Y entonces me doy cuenta de que mi vida, aunque es muy sana, no es muy feliz, porque constantemente tengo “hecha agua la boca” al mirar los aparadores con enormes y deliciosos pasteles o ver las fotografías en Instagram o Facebook e incluso observar esos vídeos que comparten de cómo hacer pasteles increíbles.

Y entonces extraño mucho, mucho, el pastel y eso me hace olvidarme de lo mal que me sentía después de comerlo y de todos los daños estomacales que me causaba. Lo olvido como una tonta y voy corriendo a la pastelería más cercana cuando camino hacia la pastelería tengo un miedo terrible de no traer el suficiente dinero para un pastel completo. Siento que sería difícil para mí conformarme con una rebanada pero concluyó que eso no me importaría tanto y sé que no me detendría con tal de comerlo y llenar mis dedos, boca y hasta cabello del dulce pastel. Las personas pensamos en las cosas más disparatadas cuando traemos antojos tan grandes.

No quiero dejar de comer pastel nunca para que nunca me pase eso de tener solo para una rebanadita e intentar conseguir por todos los medios dinero para otra. Ya con el pastel en casa saco una cuchara del cajón y mientras me meto una cucharada a la boca, recuerdo porque amo tanto el pastel y por qué lo extrañaba tanto. Entonces empiezo a comer y no paro, no paro hasta que el pastel deja de saberme bien porque empieza a empalagarme un poco.

Por eso lo guardo para mañana, pero mañana ya no sabe tan bien. Empieza a saber un poco agrio y de pronto el intestino se me hincha y me duele el estómago y entonces recuerdo que el pastel me hacía daño y sufro. Y me dan ganas de tirar el pastel por la ventana o de tirarlo a la basura, dejarlo de comer por siempre; me duele tanto y el tonto pastel no comprende, no comprende que no importa lo que me haga, y él se aprovecha de mí, y yo sólo entonces detesto el pastel, aunque todos sabemos cuánto me gusta.

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Tristeza y decepción, una decepción personal porque pienso que nunca podré dejar de comer el pastel. El pastel no me va a dejar a mí. Eso sería imposible. Sería bueno que los pasteles dejaran a las personas; así ganaríamos los dos, ellos no serían comidos y las personas no engordarían ni sufrirían de inflamación intestinal como yo.

Tengo la esperanza de que un día deje de hacerme daño. Como pasa con esas alergias que se tratan progresivamente. Siento que eso será muy muy difícil pero creo que es la única solución en la que el pastel y yo podríamos estar en paz porque el pastel puede dejarme- de hecho ni siquiera le importaría- pero yo no quiero dejar al pastel.