El Diluvio

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Hanako Mimiko

Por: Río De Lobos

Chemita jamás había conocido el frío de Francia en el invierno , sabia de él porque cuando su prima Montserrat entraba por la puerta de la vecindad vestida con abrigo y botas , infería que recién venia  del “Benito Juarez” donde arribaban lo vuelos internacionales; entraba pintándose los labios de un color que Lourdes denominaba “de morticia” y sólo iba a ese hoyo de casas a contar del frio invierno en Francia  y a repartir los regalos que con mucha gracia daba diciendo “pour toi, pour toi, pour ma grand mére”   –Como si le saliera bien el acento francés a la putita-  , esta vez con la novedad de haber celebrado su cumpleaños 19 en Lyon.

Lourdes simplemente no soportaba las visitas de Monstserrat, ni cuando iba de abrigo, ni cuándo llevaba las minifaldas que mostraban sus blancas piernas; siempre había creído que Chemita, su hija, sería mucho más rica que ella, que llegaría a ser corredora de bolsa como había visto en una película, que viajaría por todo el mundo repartiendo cualquier cantidad de dinero sin importarle y que por supuesto las faldas se le verían mejor que a la prima en unos años. Sin embargo la presencia de Monsterrat parecía fascinarle a Ruth –oui ma grand mère, la France c´est très jolie– le decía la nieta “afrancesada”. Monserrat sólo se quedaba unos minutos en la casa de la “Familia García” como anunciaba el pedazo de talavera vieja que el abuelo Fredo puso en la puerta antes de morir.

Monstserrat siempre procuraba llegar antes de la misa de las 7 pm; si habría que ejemplificar una familia tradicional esta sería la perfecta; se encontraba dividida en los puritanos y los menos persignados. Los García jamás cruzaban por el Parral más allá de esa hora, sin embargo las dos creyentes de la casa se apresuraban a cruzar por el mercado para llegar a Santa Inés a tiempo.

“Putita, putita, putita”, a Chemita no dejaba de darle vueltas en la cabeza esa palabra, en la escuela la había escuchado cuando sus amigas criticaban a otras compañeras  o cuándo sus compañeros veían quien llevaba la falda más corta como catalogando a todas en dos grupos exclusivos: las putas y las no putas, pero a ella sólo se lo habían dicho dos veces , la primera fue cuando la maestra le pidió que se presentase en su primer día de secundaria y tuvo entonces que explicar que llevaba por nombre “José María”  por el héroe muerto en la batalla del 5 de Mayo cosa que es falsa y delirio de una de las tantas borracheras del marginal, pero presuntuoso  padre, desaparecido al instante en que ella cumplió 8 años y por supuesto, porque el ausente esperaba ver en el cunero de recién nacidos a un niño; cuando casi culminaba esa explicación ¡puta¡ escuchó Chema y al voltear nadie rompió el anonimato , quizá la dueña del grito sabía “el secreto” ; como su mamá  le decía a la violación que había sufrido años atrás cuando vivían en la Acocota y el anónimo había puesto a Chema en la primera categoría;  la segunda vez , caminaba por la 5 oriente entre la 2 y 4 norte de regreso a casa y de un grupo de caminantes salió la exclamación -que buena puta-. En ambas ocasiones Chema no supo si sentir asco, enojo o impotencia, entonces se sintió como Monserrat ya que suponía que la vida de la prima era maravillosa y que si Lourdes le llamaba putita no debía ser tan ofensivo, tal vez ni siquiera podría distinguir la litoral entre lo ofensivo y lo permisible, lo moral o lo inmoral.

Siempre le preguntaba a su madre, ¿qué era una güila? ¿qué era puta? Y ¿si puto y puta eran lo mismo? pero la espantada de Lourdes le decía ¡por dios chamaca, cállate, y termina de planchar la ropa de doña Regina!  enseguida Ruth le daba un manotazo que la hacía guardar cualquier otro comentario, se iba a la habitación contigua a hacer cualquier cosa menos lo que debía hacer, con la duda ahí presente, le preguntaría a Lulú en cualquier oportunidad; en una de esas ocasiones se acercó un desconocido y le dijo -rameras son todas esas viejas que no son vírgenes y que van por la calle incitando- respuesta que la dejo más confundida , y además no pudo evitar sentir gracia, le parecía gracioso que si todas las que no son vírgenes son rameras, todas lo eran o lo iban a ser, ¿a ellos como se les decía? Chemita aún tampoco sabía que era una virgen, de esas que no nombran en las misas ni en las oraciones, ahora tenía dos dudas.

Al otro día sorpresivamente traída por la lluvia aparecieron empapadas Monste en la insalubre vecindad acompañada de otra niña riquilla, el agua corría por su pálida piel y dejaba ver sus pequeños pechos; no tuvieron otra más que sentarse en el desgastado sillón rojo, a lado de Chemita a ver la novela de las 4 y esperar que pasara el diluvio. ¿Frío? Frío el que hace en Francia, decía, haciendo notar su egocentrismo, mientras que ambas adineradas se contaban sus historias amorosas, Chema no prestaba tanta atención al alegato que tenían, pero de repente la “riquilla”  menciono la palabra cuestionada y de inmediato, Chema se acercó, sin pensar en los escrúpulos, a preguntarles sobre el asunto, ambas comenzaron a reírse, cambiaron de tema. Olvidada la cuestión como un relampago que cae en las espaldas de la dulce niña, Monste le preguntó a Chema  de su notorio amorío con Antonio, el ayudante del panadero, pues un día la prima pasaba con intención de comprar helados en el atrio de la iglesia familiar, con sus invitados originarios de Veracruz con descendencia Italiana según ellos, que había conocido en el crucero a los Cabos, cuándo vió a la prima muy acaramelada con el chalan del panadero, ambos escuincles ,uno más que el otro o quizá viceversa; Chema y Antonio se lanzaban miradas para encontrarse en algún lugar recóndito del atrio de Santa Inés cuidando que nadie pudiera observarlos, Toño tres años mayor que la recién catorceañera, la besaba sin miedo y con ganas de más.

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Suprimió cualquier comentario y se guardó la plática hasta la tarde del diluvio en que se encontraban, sin más remedio Chema le contó la ocasional relación poco prometedora que llevaban ¿una relación? y que esa misma noche habían quedado de encontrase en la panadería que estaría a cargo del chalán de don Genaro, al cesar el agua las elegantes damas de pobreza mental, se fueron y Chema acudió a la cita con el mismo pretexto de siempre, ir al rezo que organizaban en la iglesia cada semana.

De camino a la panadería de re ojo noto que la luz no destellaba hasta el otro lado de la banqueta como normalmente se veía, quizá ya estaba cerrada sin perder esperanza caminó hasta la puerta y notó que la panadería estaba cerrada, pero antes de regresar a la mansión de los pobres, sacó de las bolsas de su sueter, la mano fría, pequeña y  delicada,  dió un toque leve a la puerta, al tiempo, Antonio quien esperaba ansioso; abrió la puerta de la  cortina del local e hizo pasar a  Chema a la parte de atrás donde sólo se preparaban las roscas, como era Julio, el espacio estaba totalmente vacío, ahí mismo con arrebato los dos comenzaron a besarse, y a acariciarse como normalmente lo hacían, pero esta ocasión dado que no estaban frente al puesto de los esquites ni de las miradas penetrantes de la sociedad, tenían tranquilidad y suficiente espacio para disponer de sus acciones, o por lo menos las que Antonio siempre había dejado en deseos, por supuesto a él no le importaba el primer pecado capital del que Ruth siempre hablaba durante la comida y el que Chema aún parecía no comprender.

Como un procedimiento siguiente a los escasos y babeantes besos, comenzó cuando la distraída chamaca acepto quitarse el suéter que poco abrigaba, mientras él seguía acariciando su apenas formada caderita, abrió un botón, de la blusa rosa descolorada que cubría los pequeños pechos de Chema, después sólo sentía su piel; desabotonar su falda, arrancarla daba igual mientras fuera por tocar sus piernas poco torneadas fue la inspiración del siguiente paso y antes de otro “secreto”, como si la respuesta de la pregunta dependiera el siguiente verdadero diluvio, Antonio, dirigió su voz al oído de Chema y preguntó: ¿Eres virgen?