Fantasma

Llevaba tiempo sin pensarte…

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Anoche estuve en una fiesta. Sabes que a mí no me gustan mucho. Lo de siempre: Alcohol, música, baile, naipes, tabaco, quizá alguien de amplia imaginación llevaba tachas. Ahí estuve, jugando cartas. Cerca un grupo de chicas. Esa clase de mujeres que no me interesan. Demasiado bellas para ser ciertas. La belleza suele ser siempre un engaño; recordemos los cantos de sirenas que perdían a los pobres marinos, las que casi engañan a Simbad. Tú sabes mejor que yo de belleza,  por ti sé de lo bello. Podemos decir que la belleza no es exclusiva de las mujeres; sin embargo para mí no hay amas: ser, objeto, animal que genere tanta admiración como lo puede hacer un cabello sedoso de mujer.

Estaba ensimismado como siempre, por ello no pude darme cuenta en un principio que una de ellas me miraba, ni siquiera lo habría notado, fue algún acompañante quien me dijo. Reí, no le creí, porque normalmente no atraigo  a mujeres, casi nunca, más bien, nunca. No quise mirar, el miedo de ser una broma poco cómica es latente en éstas situaciones, aunque pasa, pasa que con algo de whisky encima, una camisa, un saco y loción de maderas, puedo ser aunque sea por un momento, el mismísimo Gatsby.

Quise bailar, alcé la mirada con seguridad insólita, di un trago más a mí copa y observe con hambre de león  a la supuesta interesada. Me di cuenta. Yo no era de su tipo. Su cabello ondulado caía como una cascada, con gracia, desde su oreja hasta la cadera, daba la impresión de bailar por sí, su piel sólo verla atraía por la intensidad del brillo, era tersa, mis ojos habían quedado maravillados, sus labios tenían la perfecta forma de un durazno, con un rojo tan encendido que deseaba morderla, un durazno rojo, ¿puedes imaginar eso? ¿Puede alguien concebir tal maravilla? probablemente su cuerpo era la inspiración de muchos otros relatos, aunque no los necesitara, ella era poesía en movimiento. De pronto, estábamos bailando, no sé cómo, así que no me lo preguntes. No creo ser feo, pero tú sabes, no tengo nada de especial y ahí me tenías, bailando, tocando a un ser digno de adorarse.

-Supongo que quiere probar algo nuevo- dije a mis adentros.

-Soy Estela- Me dijo mientras me prestaba sus alargadas y delicadas manos ¿tú?

– ¿Yo?- contesté estúpidamente seguro.

-Ella rió y asintió, entendiendo la estupidez del acto.

-Jo, jo, Joaquín- Mis nervios no dejaban seguir aparentando tanta supuesta confianza.

– Eres muy gracioso Joaquín- Me dijo mientras sonreía, me abrazó por un segundo y pasó sus dedos por mi nuca.

-Yo volé.

Bailamos no sé cuántas horas, me divertí como enano, como no me había divertido hace mucho tiempo, a cada trago me ponía un poco más estúpido y ella se reía cada vez más con mi torpeza. Bailamos, bailamos y seguíamos bailando. Cada canción se volvía un poco más coqueta, con cada coqueteo, yo me volvía un poco más seguro, conforme me sentía más seguro, me acercaba más a probar el néctar de durazno, entre más me acercaba, ella más me sonreía, en algún momento, nuestras sonrisas se acercaron, en medida de la cercanía, nuestros cuerpos se rozaron, pronto, nuestras sonrisas se fundieron y nuestra anatomía se puso inquieta.

¿Nos vamos?- Le dije.

Sí, vamos por mis cosas.-Me sonrió con una coquetería que no creí ser digno de recibir-.

¡No!, créeme, no estaba drogada, ni yo estaba soñando.

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Entre las penumbras de una noche fría, llegamos al departamento, abrí la reja y cedí el paso. Ella, coqueta, me miró a los ojos una vez más, dejó admirar  las hileras de perla en su boca. Tras ella, su perfume, tras su perfume, yo. Después de cerrar la puerta, la besé una vez,  jugueteó negándome sus labios, mientras sus labios se alejaban, su estrecha cintura era apretada cada vez más por mis manos. Seguí su perfume de nuevo hasta llegar a mí habitación, toqué sus costillas, emanó una sonrisa, la besé, la primera bala fue un fracaso, intenté otra vez; entonces, me besó, su piel se confundió con la mía, la obscuridad del apartamento nos envolvió por completo. No la conocía de antes, pero ¡qué carajo importaba!. La besé constantemente, quité el primer botón y concluí en el sexto, apreté su cintura, ella jugó con mi espalda. Justo ahí, después de mucho, me acordé de ti, recordé el descaro con que juraste no estar con él. No pensaba detenerme, como dije, ella era lo más hermoso que había visto. Su tez seguía brillando, su tersa piel me llamaba, acudí, ¿cómo negarse al llamado de afrodita? Quise devorarla, intenté que mis labios se quedaran todo ese brillo. Besé cada pliegue de esa maravilla, seguí el camino a entre sus piernas. Entonces me besó los labios, tomó mi cabeza y jaló mi cabello. No conté las veces que saboreé su manjar. En serio lo disfrutaba, ella tanto como yo, su cara me decía que pronto explotaría.

Puso de nuevo mi cabeza entre sus manos, mientras las mías leían en braile los textos de sus muslos. Todo iba de maravilla, estábamos a nada de coronar esa formidable noche. Vi sus ojos, sus hermosos, divinos ojos, adiviné el color… ¿ámbar?, no podían ser verdes, ni eran azules, los cafés no combinaban con su piel, pero no lo sospeché, no era posible, justo habían de ser ámbar. Fueron unos pocos segundos y entonces; te extrañé. Extrañé, tu olor a tierra mojada, tu cuello tan suave como ninguno, tu nariz respingada, y tus ojos, tu ámbar. Carajo. Me lo había arruinado, lo arruiné como un campeón. Así terminó mi noche. Estaba cagado de tristeza, ella con ganas de apalearme, pero a quién carajo le importaba su coraje, qué mierda importaba, te extrañé, pensé en ti, pero como siempre que te extraño; no vendrás.

HacheAh.