minientrada La Satisfacción de una Viejita Mexicana

Por: Abigail Quiñones Sánchez

¡Qué bonitos eran los tiempos en que nuestra felicidad se encontraba dentro de un jarrito de barro!

Las noches de posada en casa de la abuelita, cuando todos los chamacos -mis primos, hermana y yo- salíamos muy contentos al patio a romper piñatas, a comer dulces de colación, cañas de azúcar y galletas de animalitos.

No teníamos más que la ropa que mi madre cosía y descosía noche tras noche, ni peinado más complejo que el par gruesas trenzas que iban de nuestras frentes hasta la nuca, alineando a precisión cada cabello, e impedían el libre movimiento de nuestras infantiles cabelleras.

Es extraño, hoy con mis años no puedo más que recordar la magia de los momentos en que las matatenas eran la razón de mayor discordia en las amistades, y la inocencia con que nos mirábamos, retando siempre:

-Te voy a acusar con mi mamá

-Hazlo, yo le digo a la mía

-¿Mejor ya, amigas como siempre?

-¡Juega!

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Mi hermana y yo caminábamos juntas siempre, en una relación de complicidad y de mutua ayuda, aunque en múltiples ocasiones fue mi fiel acusadora, también era quien lloraba después de los coscorrones muy bien atinados que mamá me propinaba, y esa carita era la que me hacía amarla, y sonreírle mientras agachábamos la cabeza.

El dulce sabor del atolito que nos hacía la abuelita no podrá tener jamás una comparación. He recorrido varios países, he degustado platillos en sitios de renombre y pompa sin igual, y de algo puedo estar segura: nunca volveré a experimentar en mi paladar una sensación tan exquisita como la del menú predilecto de mamá; frijolitos hechos en la vieja y tiznada olla de barro, en la ardiente flama de leña de ocote, mientras se escuchaba el flip de las tortillas infladas sobre el comal, atolito de maíz tostado y molido en el metate, y huevo a la mexicana.

Segura estoy ahora de que, por extraño que parezca, entre más pasa el tiempo, y las necesidades se convierten en lujos, más lejos está uno de la felicidad. Y exactamente, al parecer nos hemos convencido de que brindar explicaciones lógicas y que guarden perfecta coherencia con la lógica y la ciencia a todo lo que nos rodea es una buena idea; ¡Qué engañados hemos vivido! Yo ahora buscaría un retorno a nuestra naturaleza fugaz y entretenida en el patio, trepando árboles para cortar manzanas.

Veo el instante congelado por una fotografía tomada con la cámara del tío recién llegado de Estados Unidos, yo no pasaba de los 7 años, mi hermana con unos 6 y mi primo -hoy descansando- tal vez 8, soñándonos grandes, pensando en todo lo que queríamos ser, y de todos, la más ambiciosa era yo. Yo quería ser la primera presidenta del país, y no, no  lo fui, conocí los primeros escalones de la política mexicana y con la frente en alto y un par de bofetadas me retiré.

Los sueños de mi hermana y de mi primo eran más cabales: ella quería dibujar y él quería comer maíz, ambos lo hicieron; y yo, me rapé el cabello en la juventud y creí que con una lata de pintura en spray podría cambiar mi país.

Pasaron los años y no, no llegó nuestra Revolución. Sólo vi a mi primo tropezar y caer entre escombros y zapatos, libros y cuadernos desojados en la Plaza de las Tres Culturas, cuando levanté la mirada me vi dentro y fuera: ahora sólo puedo dejar mi imaginación correr, el pueblo se escondió tras sus puertas, y ni mi madre ni mi abuela pudieron cuidarnos, ni estuvieron allí para vendar mis rodillas como lo hacían cuando era niña.

De joven uno quiere devorar el mundo, pero no; el mundo es el que nos devora con su modernidad, con su indómito girar.

Mi inocencia, mis sueños, mi trabajo, mis fuerzas, todas se quedaron atrapadas en los campos, en las mañanas de caminatas entre milpas, las carreras en la universidad, la prisa en las calles y los escondites entre callejuelas, los mandados, las peregrinaciones, y los intentos de revueltas, -que estaban más revueltas que nada- y así pasaron los años, las vidas. Mi país me vio crecer.

Y al final, sólo me quedan recuerdos bonitos de la vida, de la vanidad de la juventud y mi eterna curiosidad de saberlo todo, hoy me voy, con el importante mensaje que me hubiera gustado me dieran cuando muchacha: la vida es para vivirse, no para suponerse, ni para predecirse. El tiempo pasa, y cuando reaccionas no estás más en las marchas pidiendo libertad a presos políticos o recolectando dinero para publicidad, estás dentro y fuera, siempre así.

Mx

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Abigail Quiñones Sánchez