Que tengas lindo día

 

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©Politeiaespacioabierto

AUTOR: EDUARDO ARREQUÍN

Lindo día… 

Hoy desperté con el frío

hurtando la comodidad

de las sábanas.

Desperté olvidando la

alegría de tener trabajo

y con la ligera sensación

de costumbre escurriendo

en la regadera.

Fumé mis cigarrillos con

ansiedad entre los dedos,

bebí mi café con los labios

disueltos en cansancio,

y blasfemé;

pedí que la lluvia cesara en

vez de agradecer por no tener

que regar las plantas esa tarde.

Solo aquellos ojos pardos,

grandes, marrones,

de esos que acostumbran consumir

el mundo esfumaron la monótona

rutina de maldecir el día.

Al final de todo; fue bueno.

“Que tengas lindo día…”

me dije a mi mismo.

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DESCONOCIDO

El Buen Don

-Buenas noches y a dormir, es lo que siempre nos dice el gran Don, “buenas noches y a dormir”, después no hay más por hacer, las luces apagadas, el silencio voraz, -Buenas noches y a dormir; duermo.

El Don es bueno, nos da de beber y en ocasiones cuando nos portamos bien, nos deja salir a las praderas a comer un poco, y otras, cuando nos portamos demasiado bien, nos rasca la panza o nos canta, y todas amamos escuchar al Don, bueno no todas, pero si alguien no lo hace, desaparece repentinamente, por eso yo siempre soy buena, porque así el Don es amable conmigo, y si yo soy buena con él no hay de que preocuparme, tengo comida, agua, y de vez en cuando después de tomar un siesta me pongo a vagar por el campo, y soy libre, libre mientras el Don esté contento conmigo. No mentiré, me encantaría pasear sola, sin el Don, sin el corral invisible que parece seguirme por doquier; pasear sin ellas, mis otras yo, siempre hacemos todo juntas, comemos, vagamos, el Don nos rasca la panza, el Don nos canta -Buenas noches y a dormir-, y dormimos todas. Pero ya no importa, porque por más que quiera ir a pastos más verdes, no veo cual sea la urgencia, estoy bien aquí, con el Don.

 

Hoy fue un día especial, el Don nos cantó más de lo normal, nos rascó la panza más de lo habitual, y nos llevó a pastos más verdes. De pronto, me aparta de todas, por alguna razón ya no soy igual a ellas. Es extraño, ahora todo esta oscuro, pero ¿Por qué no ha dicho -Buenas noches y a dormir-, y además no tengo sueño, no me he portado mal, ¡de seguro hoy me dejará libre!, debe ser porque he sido muy buena con él, y ya ha llegado el Don, con algo grande en la mano…

-Buenas noches, a dormir…

 

 

Aún soy débil.

 

Era Octubre, y el día un viernes, caminaba lentamente por las lúgubres calles del boulevard 5 de mayo, meditando en todas las penas que aquel monstruo con columna vertebral de trescientos sesenta y cinco días me había causado.

 

Como de costumbre, pedí un café americano, un whisky y encendí un cigarrillo. El café ya estaba frío. Bebí el whisky y tomé entre manos las maldiciones de Bukowski que me acompañaban esa tarde. Ya no tenía más cigarrillos. Maldición.

 

Seguí bebiendo y pedí otro café. La mesera que me atendía no parecía muy brillante, era de esas chicas típicas, con cuerpo típico, orgasmos típicos para tardes y sexo típicos.

 

-¿Qué nunca come nada?-

-Poesía- contesté

-¿De eso vive?-

-No pero me basta-

-¿Qué le inspira a escribir?-

-Vaya. ¿A ti que te inspira a cagar?-

-Imbécil. Bueno, ¿Gusta algo más?-

-A ti-

-Para consumir-

-Tráeme una dona-

 

La camarera se marcho moviendo su cabello como si lo común hubiera desaparecido de ella. No, no lo hizo. Se acerco nuevamente con la dona y su dirección con su nombre escritos en una servilleta. Por supuesto un nombre fascinante que olvide al instante. Mordí una orilla de la dona y la muy maldita se aferró a mi tráquea impidiéndome la respiración.

 

-¡Dios mío, ayúdame!- grité en mi interior.

 

Cuando logré tragar, respiré hondo y blasfemé.

 

-Mierda. Aún soy débil-

 

Esa noche no llamé a la camarera.

 

El pequeño bastardo.

 

Había una vez un pequeño animal bastardo de la biología, no era ni gato ni perro, ni rata ni ratón, ni hembra ni macho, ni vivo ni muerto.

 

Este pequeño engendro de no se quien, era muy interesante, en su lomo tenía manchas negras, circundando sus ojos manchas blancas y distribuidas por todo su cuerpo, manchas rojas, azules, moradas y una café. Tenía ojos feroces, cola amorfa, dientes de perro, orejas de asno, piel hirsuta y era calvo cual rata egipcia.

 

Al no encajar en ningún lado, ansioso intentó de todo por pretender ser alguien, o algo, o lo que fuera. Para obtener comida maullaba entre los arbustos, para causar misterio le aullaba a la luna, para ser un poco útil cacareaba en las mañanas y cuando simplemente no quería ser molestado, emitía una especie de sonidos sin mensaje alguno, que si bien no eran intimidades, parecían provenir del mismo Lucifer.

 

Un día, el pobre animal se dio cuenta de su miserable situación, siendo tan diferente no pertenecía a ningún lugar, no conforme con eso, intentó ser adoptado por una familia, el único problema es que no era nada tierno para los niños y asustaba a los padres, así que intento saltar a la fama postulándose como un espécimen raro de la naturaleza y hasta estaba dispuesto a que experimentaran con él, pero no obstante a que fuera raro, a decir verdad no tenía gracia alguna. Intentó de todo, volando como ave, saltando como rana, cagando como vaca, escupiendo como llama, maldiciendo como hombre y hasta cual perro callejero se dejaba correr de las casas a punta de escobazos.

Un día, cansado de todo… se hartó y se sentó a escribir este cuento, que no le importa una mierda a nadie…

Arrequí