La vida es una ciudad que nos sueña

Autor: Victor García Vázquez. Catédratico

Texto continuación de: Manuel Matus, un arbol que escribe mentiras

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A lo largo su trayectoria como escritor, Manuel Matus Manzo ha recorrido todos los géneros literarios: la novela, el cuento, el ensayo, la poesía  y la mentira. En cada uno de sus libros, los lectores podemos observar su profundo y natural sentido de pertenencia al lugar.  Su entusiasmo por la cultura y la geografía  local.

Si creemos en las palabras del poeta irlandés Seamus Heaney, “existen dos maneras distintas de conocer y apreciar un lugar (…) Una es vivida, inculta e inconsciente, la otra es aprendida, culta y consciente.” En el caso de Matus, creo que ambas maneras coexisten. Su sensación de pertenencia al lugar surge de su necesidad por crear una literatura con identidad, pero, al mismo tiempo, su actividad literaria le exige ser una persona ocupada en conocer, disfrutar y contagiar su amor por la cultura oaxaqueña. Su obra literaria bien puede leerse como una tentativa por diluir las fronteras entre el pueblo geográfico y el pueblo mental; ese territorio personal que el autor erige para que el lector rastree los aspectos referenciales y los aspectos puramente simbólicos. Así, Santacantera y el Cerro del Alba, tópicos de su novela Historia verdadera de Antonino Valdivia Flogia y otros incendiarios, son sitios que el autor ha personalizado. Aunque son lugares que corresponden a una geografía específica, son, sobre todo, parte de los paisajes interiores del escritor. “Para saber quién eres necesitas tener un lugar de donde venir”, asevera Carson MacCullers.  Esta idea se cumple cabalmente en la obra de Matus.

Es válida la afirmación de que el sentido de pertenencia al lugar depende más de un acto voluntario y consciente que de la sumisión al paisaje.

Ciudad soñada, poemario ganador del VI Premio Latinoamericano de Poesía “Benemérito de América”, es un libro que se integra de manera plena y natural a la estética de Manuel Matus. Éste contiene dos aspectos recurrentes en su obra: la ciudad, como espacio que configura la identidad, o bien como el residente del interior poético; y el sueño, como el lugar donde se consolidan los deseos. Ya en obras anteriores aparecen ambos referentes: la ciudad y el sueño.

Síntesis de sus preocupaciones, Ciudad soñada, más que un simple título, señala ya una toma de postura. Algo ha sucedido en el contexto, algo tan determinante que el poeta se ha visto obligado a levantar la voz para declarar que, además de real, esta ciudad es producto de los sueños. A fuerza de ser verdadera, esta ciudad es onírica. Dicho de otra manera, porque la vigilia es la satisfacción de los sueños, la ciudad soñada es al mismo tiempo  la ciudad vivida.

El poemario está dividido en 2 secciones: “Celebraciones premonitorias” y “Elogio de las cenizas”. Ninguno de los poemas de las dos secciones lleva título, como si la intención fuera que se leyera como dos poemas largos; o bien, y ésta es otra posibilidad de lectura, como si se tratara de un solo poema largo apenas interrumpido por los saltos de página.

En la primera sección, el poeta nos instala desde el primer poema en el centro onírico de la ciudad. Desde el comienzo del alba, el sujeto lírico convoca, mejor aún inventa, la ciudad a partir del reino de las sombras. Esta paradoja entre la luz y la sombra es lo que guiará el viaje del sujeto lírico,  a lo largo de los poemas. El alba como la representación de la esperanza; y las sombras, como el símbolo de la realidad.

Está claro que el referente poético es la ciudad, unas veces como espacio geográfico, otras como representación de la mujer, y aquí mujer también significa naturaleza, porque “la ciudad es todas la noches juntas bajo la lluvia”.  Otras veces la ciudad como representación  de los símbolos perdidos de la cultura. La ciudad resemantizada como el cementerio donde van a parar todos los anhelos humanos.

Desde los primeros versos es fácil advertir la presencia reiterativa del yo poetizante. Sin embargo, a pesar de que la identidad del sujeto lírico no es la misma en todos los poemas, el sujeto poemático quiere dejarnos muy en claro que la voz no debe dejarse libre, porque quien dicta las palabras debe dar constancia de su valor. Por ejemplo, en el poema de la página 17 leemos:

 

Ahora yo soy quien arde

en las tiranías de las palabras;

soy la ceniza en los llantos.  (:17)

 

La triple mención del Yo, mediante el pronombre y el verbo, es una tautología que deviene en una estrategia retórica para reafirmar que se habla desde la conciencia; desde el compromiso con el Otro. En el “Yo soy” podemos leer no tanto un rasgo del personalismo como de la alteridad, el reconocimiento de los otros. En este caso, “Yo soy” significa “Todos somos”; al reafirmar su identidad, el poeta se altera. En otros términos, el Yo lírico presta su voz para que, por medio de sus palabras, hablen todas las voces, ¿de quiénes? De los inconformes parece respondernos el poeta; de los que poseen el coraje y el rencor; de los que arden frente a la tiranía de las palabras, pero son capaces de inventar y mantener el sueño.

Y el anhelo de todos es mantener la entereza de la ciudad. Ella es la representación de lo femenino, de la madre, la hermana y la hija; por tanto, su honor debe preservarse. La ciudad es la Helena raptada; por ella todos se han sumado a la defensa homérica. Habrá una voz que constantemente aparecerá tanto en la primera como en la segunda parte para recordarnos que, a pesar del absurdo secuestro: “ella estará en el corazón de aquel que madruga”.

En la ciudad tomada, el ambiente es denso y sofocante; apenas queda tiempo para el miedo. En las paredes hay voces anónimas que exhortan al valor y a mantener de la dignidad:

 

La noche cae y el gran jaguar blanco

Se desliza en nuestros sueños (anónimo) (:49)

 

En esta primera parte, el tono de tragedia e incertidumbre lo logra el poeta usando términos ásperos como cenizal, oscurana, umbral, afilador, cerrojo, tajada, aldabones; todas ellas, palabras cuyo solo significante provoca un efecto de incertidumbre; como si, efectivamente, fueran la premonición de la catástrofe. El lenguaje y la música de los poemas están acordes con la atmósfera de desolación.

Una profunda amargura recorre estas “Celebraciones premonitorias”. Sin embargo, al ambiente de incertidumbre, el poeta le contrapone la riqueza milenaria de nuestra cultura indígena: los dioses Bacaanda y Cocijo, las ciudades de  Mitla, Monte Albán y Yagul se erigen  con toda su soberbia para hacer un contrapeso a la rigidez del enemigo. Estos símbolos son el origen y, al mismo tiempo, el sepulcro de los sueños. Sólo en ellos puede encontrar la ciudad una posibilidad para el refugio. La cultura es la antítesis de la violencia; y para reafirmar la idea esta primera sección cierra con un haiku:

 

Yagul es una flor,

un aire amarillo

y de piedra son las auroras. (:53)

 

Ante el imperio del caos, sólo queda el ejercicio de la contemplación; ante la estridencia de las armas, la soberanía de la flor; ante el fuego y el humo, un aire amarillo; ante las tardes cubiertas por la ceniza, las madrugadas de piedra. Estas son apenas las celebraciones premonitorias, lo peor está por venir.

“Elogio de las cenizas”, poema dividido en 38 fragmentos, es el testimonio de un acontecimiento histórico pero, sobre todo, es el registro de las diversas sensaciones, la interiorización del odio y  la expresión de la cólera. Este poema destila ira y desconsuelo. Dos emociones opuestas pero al mismo tiempo complementarias. La ciudad ha sido devastada; por todos lados hay barricadas que tratan de impedir que se le siga vejando, pero a pesar del denuedo, el enemigo ha seguido avanzando. Hay un silencio tumultuoso que vuelve huraños a los transeúntes. La ciudad se sacude de un largo reposo y arde por sus cuatro costados y se duele en sus cinco sentidos. El fuego y el humo son el único lenguaje capaz de comunicar algo, pero su mensaje está cifrado en la ceniza; de ahí que el poeta enaltezca los restos de la catástrofe. Elogiar las cenizas es mantener en alto la dignidad; levantar el ánimo y caminar seguro en medio de las  cinco mil fogatas que iluminan el alto cielo.

Aunque es un poema escrito desde la rabia y la desesperación, no se trata de un texto panfletario, pues a cada momento la forma de la expresión es más importante que la forma del contenido. La calidad poética se impone a las circunstancias sociales que impulsaron la escritura.  Ese tono de amargura  se apoya en recursos como la ironía:

 

Cuentan también que alguna vez hubo pobres. (:59)

 Aunque el cadáver sigue aquí, moribundo, delirante de poder/ Perdónalo, señor, sí sabe lo que hace.(:61)

 

La sinestesia:

Amarro mi sombra bien segura/ Y salgo a caminar sin ella// (:78)

 Verde será la ruta del regreso (:74)

 Es domingo por donde quiera que miro (:83)

 

Y la paradoja:

Qué peligroso es tener siendo pobre un par de bocados y un sorbo de agua!

 

Aunque la mayoría de los poemas se caracterizan por el ritmo narrativo, muchos rematan con un verso contundente a manera de aforismo:

 

            Y el pájaro tras cumplir su cometido cayó a las cenizas (…)// Se fueron los difuntos, volverán con más flores// Todo es fuego y abril no se conforma (…)// Volverán las cenizas y serán palabras (…)// Todos los pies pulen el encanto de la lluvia. (…)

 

Pero quizá el aspecto que más destaca en esta sección es el trabajo con la imagen. Cada poema es una vívida postal que rápidamente se instala en la memoria. El siguiente ejemplo me parece que condensa muchas de las virtudes de este libro:

 

Alguien ha traído a la ciudad

la sombra de un jaguar

en la jaula de los espantos.

 

Parezco ese cautivo

desollado a mitad de

la fogata

 

Mientras escucho

levemente

la música del sax

caer entre

las cenizas

 

Esta es una de las imágenes que mejor resumen la ciudad soñada. A lo largo del libro aparece el jaguar como el instinto del pueblo a punto de lanzar su tarascada contra el tirano. El fuego funciona como metáfora de la ira; el pueblo está encendido y dispuesto a quemar todas sus naves. Las cenizas no son los restos de la lucha, sino el elemento que servirá para la regeneración, para el renacimiento. La ciudad se levantará de las cenizas, por voz del sujeto lírico sabemos que nada está perdido; todo está apenas comenzando:

 

tú eres, ciudad, ese enorme cenicero que miro

o tú misma la cenicienta del espejo quebrantado…

 

Ciudad soñada de Manuel Matus es sin duda uno de los testimonios poéticos más importantes de nuestra literatura reciente. Con él, el poeta nos recuerda que la poesía más auténtica debe nutrirse siempre de la realidad. La poesía genuina no simula las emociones: la vida, la experiencia, el alma toda debe ponerse en el poema. Matus lo ha hecho en este libro y le ofrece al lector la posibilidad de construir una nueva ciudad con la materia de los sueños.