Manuel Matus, un árbol que escribe mentiras

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AUTOR: Victor García Vázquez. Catédratico de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, BUAP.

Manuel Matus, un árbol que escribe mentiras

 El huanacastle es un árbol que escucha todos los ruidos del monte; guarda en su memoria vegetal los sonidos, los paisajes y las historias que el viento le susurra. Huey nacastle, vocablo náhuatl que significa el gran oreja, el orejón, el que todo lo escucha. Manuel Matus Manzo pertenece a la estirpe del huanacastle. Las avispas del Istmo le acercan el polen de los campos y él las convierte en la miel silvestre de la literatura. Como las abejas de Perséfone,  las avispas istmeñas le transmiten a Manuel la sabiduría de la Musas y él les presta sus palabras para crear el canto y la memoria.

Originario de Ixhuatán, pueblo de la palma, Manuel es un escritor nato que aprendió a escribir y a leer en el campo, montado en la carreta o trepado en la palma de coyol. Según lo que él mismo nos comparte, el primer contacto que Manuel tuvo con la literatura no fue por medio de los libros, sino por la plática con los adultos, principalmente con su tío Sebastián, quien le generó el gusto por las historias, los libros, la lectura y la literatura.

Si la escritura es un tejido, Manuel es un tejedor de palma, uno de los más diestros tejedores que ha dado la literatura oaxaqueña.

A pesar de su formación académica y de su larga y trayectoria como docente, Manuel nunca perdió el don de la palabra rural, orgánica y silvestre. Supo trasladar con maestría la oralidad de su región, por eso sus libros contienen más que literatura: son la reconstrucción del universo cultural, mítico y lingüístico  del sur de Oaxaca.

Matus comparte con Andrés Henestrosa no sólo el ser istmeño, sino sobre todo que en sus letras dominan más los recursos de la literatura oral que de la lengua escrita. Como en el autor de Retrato de mi madre, en Matus también se percibe por momentos una sintaxis irregular, como de hombre más acostumbrado a andar entre la milpa que entre calles parejas. Tanto en la prosa como en la poesía, Manuel busca que sus palabras se escuchen, no que se lean.

Abordaré dos de sus libros con el propósito de invitar a los lectores para que se acerquen a nuestro autor. Hoy toca el primero.

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La vida es un sueño mentiroso (link del libro)

La mentira no sólo es un instrumento político y religioso usado para legitimar ciertas verdades y mantener el orden en el rebaño; la mentira también es una estrategia que a diario utilizamos para llegar a descubrir la realidad más escondida. El mentiroso no siempre es un mal sujeto que transgrede las normas sociales con fines perversos; muchas veces se miente para mostrar el desacuerdo con lo establecido, es una forma de mostrar la rebeldía. En el sentido filosófico, el mentiroso es un cínico: prefiere inventar sus propias verdades que creer en la de los otros.

Así, don García, el personaje de La verdad sospechosa, manifiesta su rebeldía, juventud y cinismo al inventar sus propias verdades; miente para mostrar su autenticidad y su anhelo de vivir libremente; y aunque la mojigatería cristiana de su padre se ha empeñado en combatir su “mal”, don García seguirá mintiendo, pues es su única forma de ser él mismo.

En las sociedades contemporáneas se combate la mentira del joven, del hombre libre, del niño que intenta crear su propia mitología, de la mujer que sólo anhela un poco de felicidad; pero, al contrario, se tolera y hasta se aplaude la mentira del político y del religioso. “Sí soy yo, pero no soy yo. Sí es mi voz, pero no es mi voz”, dice el político cuando es descubierto en alguna transa; y el rebaño aplaude, perdona, pide clemencia por dudar y condena al que repite las palabras. Por un lado, se legisla para combatir la mentira de los mortales; por otro, la falacia es usada como un artilugio del discurso político para encubrir los crímenes de los pederastas y los misóginos.

En el ámbito de la literatura, la  Retórica es una fórmula que se apoya en la mentira; ya que es el arte y la ciencia de la persuasión, que se usa “casi como un engaño sutil” nos dice Umberto Eco.

“La literatura, pues, es una gran mentira: nada es lo que parece”

En el Istmo de Tehuantepec la mentira es  un género literario que la tradición oral  ha mantenido durante siglos. Aunque no tienen una intención didáctica, las mentiras literarias se usan para entretener a los concurrentes. En las competencias de mentiras, el ganador es el que logra construir una mentira que, a pesar de su inverosimilitud, tenga una lógica interna, sea creíble. La autoría de la mentira no importa demasiado; ya que se puede presentar como creación colectiva; una vez que el mentiroso la cuenta, la comunidad se la apropia, la difunde a través de pueblos y generaciones; la mentira se vuelve de dominio público y se convierte en la verdad de todos.

Además de las mentiras que ya son parte del patrimonio popular, existen otras que son producto de la imaginación de escritores de reconocido prestigio.

“Es el caso de las mentiras de Manuel Matus Manzo, quien obtuvo en 2004 el Premio Nacional de Mito, Cuento y Leyenda Andrés Henestrosa, con su libro  Santuario del sueño y otras mentiras. Autor de una decena de libros, entre cuento, novela y ensayo, Manuel Matus ha incursionado en varias ocasiones en el género y es uno de los más diestros mentirosos; así lo demuestra en este libro cuya lectura no sólo es seductora sino también resulta una oportunidad de reconocer y revivir ciertos símbolos, mitos y ritos que creíamos perdidos”

El libro está conformado por 4 secciones y los conforman 14 relatos. Todas las historias de este libro están situadas en el Istmo de Tehuantepec. Los escenarios son el trópico, los manglares, la playa y la selva. Los personajes pueden ser humanos, animales o  seres fantásticos; eso es lo de menos. Lo importante es la forma de narrarlos. Pariente del mito, el cuento y la leyenda, la mentira tiene una  estructura propia. Es un relato enmarcado por un narrador personaje cuyo narratario generalmente es colectivo. La narración debe tener un cierre sorpresivo. No está de más recordar que Aristóteles distingue dos géneros principales de mentira, la jactancia, que consiste en exagerar la verdad, y la ironía, que consiste en disminuirla. El narrador intradiegético de la mentira es un jactancioso que cuenta una historia donde él se ve involucrado. Hay un conflicto que debe resolver; se le presentan varios obstáculos y al final, no sólo sale victorioso sino que queda como un héroe. El efecto estético de la mentira es el asombro más que la risa. Sólo así el narrador logra su verdadero propósito.

En Santuario del sueño y otras mentiras hay también relatos que se emparientan con la leyenda y el cuento oral. Otras de las virtudes del libro es que se puede leer como un bestiario del sur y como un tratado de erotismo. Las costumbres y los prejuicios sexuales de los zapotecos conviven aquí con los rituales esotéricos.  En pleno domino de sus recursos narrativos, Matus nos ofrece una obra literaria que sin duda formará parte importante de la tradición oaxaqueña.

De los 14 relatos que conforman este libro, destaco dos de la última sección: “El amor que sólo venía de noche” y “Tentaciones nocturnas”. En ambos el protagonista es el Taganero, alter ego de Manuel Matus.

El Taganero es un lector de cuerpos femeninos. Con la lámpara de su deseo, que lo ampara de la oscuridad, abre el libro en el atril de la hamaca para deletrear cada una de las líneas donde él se asume como protagonista. Con delicadeza despega las hojas para sumergirse en cada capítulo, en cada párrafo y en cada línea; lee y relee para no perder detalle del sentido y el sonido de ese cuerpo que palpita en el atril y se entrega pleno al lector modelo que la moldea, la comprende y la interpreta. Cuando las hojas se adhieren y se resisten a ser separadas, el Taganero humedece sus dedos para seguir ojeando, hojeando y tejiendo el tema; porque un tejido sin hilos es el amor del Taganero. Del prólogo al epílogo, este Lector-tentador se queda siempre en el Cuerpo de la Historia. Y cuando la  luna apaga sus luciérnagas, el Taganero se retira, pero deja su separador en medio del libro porque algún día continuará su lectura.

Patrimonio erótico del Istmo, el Taganero es un “talaje que se adhiere a la carne a beber sangre”. Taganero de la literatura, a Manuel también “le sobran manos y le hacen falta noches”.