El Anillo Estrangulador

AUTOR: Miguel Ángel Granados Castañón

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Han pasado ya setenta y tres años desde que el Führer ordenara el ataque hacia la ciudad de Stalingrado como parte de los planes de la “Operación Barba Roja”, la búsqueda implacable de un premio dirigido más bien hacia el egocentrismo entre el dirigente austriaco y el líder soviético que a como beneficio estratégico-militar para la conquista de la Madre Patria Rusa y con ello, de todo el frente europeo oriental. De igual forma, han pasado setenta y dos años desde que Stalin, pese a las purgas militares y políticas que él dirigió dentro del partido y el ejército en años de preguerra, la inobservancia de los civiles arrinconados en la ciudad y la “Orden 227” bajo contextos de derrota y masacre, pudo dar contraofensiva a las fuerzas germanas, junto a su moral de supremacía y con ello, cambiar el rumbo de la guerra.

 

Stalin comenzó a sufrir de un característico ataque de impaciencia. Deseaba que todo ocurriera de una vez, tanto la operación Saturno como la rápida destrucción del VI ejército. Había ya dado órdenes para que el 2º ejército de guardias, la fuerza más poderosa del Ejército Rojo, se trasladara al oeste de Stalingrado, listo para el ataque contra Rostov (Beevor, 1998, p.186)

Mientras los rusos recibían con agrado las bajas temperaturas, los doctores del ejército de Paulus las temían por varias razones. La resistencia de sus pacientes, tanto los enfermos como los heridos, se reducía. El congelamiento de una herida abierta podía volverse rápidamente mortal. (Beevor, 1998, p.192)

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Un anillo de sangre y acero en puerta

Con el punto de inflexión de la Wehrmacht en oriente y con la fatídica entrada de los Aliados a territorios itálicos en occidente, el poder y supremacía alemana fue retrayéndose más y más hasta llegar a un punto defensivo sobre sus propias tierras, la conquista ya no era una opción y la rendición impensable, no desde aquella capitulación en 1918, no para Hitler. Los soviéticos por otro lado, tienen en mente una revancha ofrecida por la propaganda estalinista, las posiciones han cambiado y el Ejército Rojo se va ofreciendo como fiero oponente a las ineficaces fuerzas militares del Reich que fueron enfrascándose en un fulminante anillo de acero, formado desde la caída de Seelow, punto medio entre los rojos y la capital alemana del régimen nacionalsocialista. Sin la defensa lúdica de Seelow, comenzaría la cacería final, la batalla por el nuevo trofeo.

Sin embargo, las aspiraciones de Stalin tenían contempladas algo más allá que su ego militar y la caza de Hitler; refrendaba la necesaria anexión de científicos y proyectos nazis a las filas de la Unión Soviética, si bien había rivalidad entre Hitler  y Stalin, este último no dejó en menos sobre los poderosos alcances tecnológicos que se fueron atribuyendo los alemanes, así como sus prototipos bélicos imposibilitados para el combate por obvias razones contextuales y técnicas, como los Cohetes V2.

Los Aliados de occidente por su lado, igual tenía presentes los alcances científicos del Tercer Reich y no se hicieron menos ante la implementación de esta misma estrategia de su aliado rojo, pero por cuestiones geográficas y por motivos de desgaste para los soviéticos, los norteamericanos y los ingleses no tendrían entrada a Berlín, hasta pasada la capitulación. Eran las primeras señales de una Guerra Fría.

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Berlín, das Herz des Reiches

Las últimas guarniciones del corazón del Reich se pusieron en acción y comenzaron así la última defensa, pese a estar limitados en arsenal, alimentos y efectivos. En consecuencia, todo hombre, mujer y niño berlinés lo suficientemente sagaz de sobrevivir entre los frentes, sería parte del ejército alemán o considerado un traidor a un régimen fracturado pero aún de altos ímpetus entre sus ya escasos dirigentes.

La burocracia nazi, aun en los niveles más bajos, no cambió un ápice ante el peligro de aniquilamiento. El espíritu local de resistencia, sin embargo, distaba mucho de ser fanático. (Beevor, 2002, p. 71-72)

No hay que negar la ferviente defensa de los alemanes ante los más de 2 millares de efectivos arrojados por Stalin y Zhukov, que dieron notable resistencia por poco más de 20 días contra tanques, artillería y soldados rojos, impulsada indudablemente por la sobrevivencia, más que por el ideal que el nacionalsocialismo ya no era capaz de cumplir desde bien entrado 1945.

Wehrmacht, Waffen-SS, Juventudes Hitlerianas y población adyacente, todas juntas no llegaron ni a contabilizar el millar de efectivos, de los cuales el número disminuyó  drásticamente ante la inexperiencia de los civiles y niños hitlerianos que fueron prácticamente carne de cañón ante la maquinaría soviética que no dejó de bombardear indiscriminadamente Berlín, la cual se acercaba más y más a la arteria principal del Nazismo, aún en pie de lucha y con un dirigente enclaustrado en sus faldas, el Reichtag.

El general Weidling descubrió exasperado que había de recibir a otro engreído visitante de Berlín. Esta vez se trataba de Artur Axmann, el director de las Juventudes Hitlerianas. Aquél trató de persuadirle del carácter inútil de enviar a la batalla muchachos de quince y dieciséis años armados con lanzagranadas. Con esta iniciativa no lograrían sino “sacrificar niños en pos de una causa condenada al  fracaso”. (Beevor, 2002, p. 715)

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El Reichtag y el Infarto Alemán

El encaramiento del Tercer Reich contra sus enemigos tuvo un grandioso inicio con eficacia y rapidez a mediados de 1939 sobre vastas extensiones territoriales y alejados de sus propias raíces, pero para ese abril de 1945, el encaramiento se limitó a unas cuantas calles de lo que llegara a permanecer o de lo que fue tu residencia, en esquina de los boquetes que dejaba la artillería y que en tiempos de cese, eran el patio de juegos para los pocos chicos que mantenían fuerza pese a la  hambruna resultada de la escases de alimentos y suministros ya inexistentes; el anillo se encontraba en su máximo auge mientras que el fatídico Canciller del Reich de los mil años, claudicaba ya en contra de sus propias aspiraciones imaginarias de redención y contraofensiva de un inexistente régimen que tenía por territorio un puñado de cuadras aledañas al parlamento, por ende, y por conocimiento previo de los sucesos que vivieron los cuerpos putrefactos del que llegara a nombrarse Duce y de su cónyuge, es por eso que Adolf Hitler, el unificador de la Alemania de posguerra y el destructor de toda la sociedad alemana permaneciente se suicida con Luger en mano junto con su recién casada esposa Eva Braun que igualmente se suicida el 30 de abril.

En el exterior de la estación había aún una bomba en funcionamiento, y las jóvenes que se hallaban cerca de la entrada se arriesgaban de cuando en cuando a salir corriendo con un cubo para recoger agua. Muchas de ellas fueron abatidas, dado que la estación era un objetivo prioritario para la artillería soviética. Sin embargo, las que regresaban con vida se hacían objeto de la eterna gratitud de los que se hallaban demasiado débiles para poder buscarla en persona, o intercambiaban sorbos de agua por alimento a los que no tenían valor para correr aquel riesgo por sí mismos. (Beevor, 2002, p. 812-813)

Ante este suceso desmoralizador, la élite que quedaba optó por medidas parecidas, ya fuera como el Ministro de Propaganda Joseph Goebbels y toda su familia como oficiales militares que negaban más allá de una capitulación, una ejecución del Ejército Rojo para cuando este los atrapase o, en caso opuesto, emprendieron la huida de la capital hacia lugares en los cuales pudiesen ser eximidos de sus acciones, ya sea dentro de Europa o en rumbo a Sudamérica, buscando lograr burlar el ferviente anillo de acero que azotaba más y más sobre los escombros de Berlín

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El anillo que se volvió coito

Ante todo el conflicto envuelto sobre Berlín, los civiles fueron el sector que tuvo que pagar más ante el régimen estalinista y a un ejército incontrolable, por decisión, de sus mariscales y oficiales. La población femenina berlinesa fue objeto de múltiples  violaciones y asesinatos a manos de soldados soviéticos que dio como consecuencia un número significativo de suicidios durante y después de la ocupación soviética y la laceración final de la moral entre los berlineses, el suceso fue devastador, con un número desconocidos de víctimas y un claro ejemplo de los ímpetus de Stalin de castigar a todos aquellos que fueran afines al régimen nazi, fuesen o no partícipes tangibles del mismo.

El conflicto en la capital tendría capitulación hasta el 2 de mayo y para el 8 del mismo mes, el Alto Estado Alemán entregaría su absoluta rendición incondicional ante las fuerzas aliadas finalizando así la Segunda Guerra Mundial en Europa.

Muchos no estaban preparados para el impacto de la venganza soviética, por mucha propaganda que hubiesen oído. “No teníamos idea de lo que iba a pasar”, recuerda la secretaria de Lufthansa Gerda Petersohn. Los familiares que habían servido de soldados en el frente oriental nunca llegaron a mencionar lo que se había hecho a la población soviética. Y a pesar de que la incesante propaganda advertía a las berlinesas del peligro de violación, muchos se tranquilizaban pensando que, si bien debía de representar un riesgo en el campo, en el ámbito urbano, delante del resto de ciudadanos, no podía darse de un modo tan generalizado. (Beevor, 2002, p. 898)

Bibliografía:

Beevor, Anthony. (1998). Stalingrado. Londres: Crítica.

Beevor, Anthony. (2002). Berlín: La Caída 1945. Londres: Crítica.