El último Aureliano

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Lo despertó el silencio, el crujiente ruido del viento atravesando la ventana le acaricio el cuello, nunca creyó que se esfumaría tan rápido, que se quedaría atrapado en esas taciturnas paredes. Pensó mientras sentado en el frio suelo, mirando perdidamente los barrotes oxidados que cubrían la ventana que  “la soledad llega a ser tan cretina, que compartir tu soledad con otras soledades es seguir estando solo”. Había prometido no creer en el amor pero  a veces las promesas suelen romperse pues jamás en otras vidas  se envolvió en un sentimiento tan parecido al amor como ahora.  Deseó estar en otra vida, en la pasada  viviendo en Cartagena Colombia, hijo de artesano, amante de las mujeres  y sonriente de pieza a cabeza o antes de esa en Perú, hasta la vida en la Nueva España  extrañaba, cualquier vida era mejor aunque siempre tuviera que morir asesinado. Sus muertes eran inevitables  pero nunca una mujer había provocado su muerte y mucho menos  una mujer en otras vidas lo apasiono tanto como ahora. Sus vidas pasadas consistían en un salto donde no importaba el tiempo y el espacio, podía volver a vivir el mismo año en que vivió pero en otro cuerpo.

Se levantó y  miró fijamente las quebradas paredes llenas de humedad y hongo  de aquella fría celda.  Recordó una vida en particular donde se llamaba Aureliano Amador con piel oscura y grandes ojos verdes,  era el mayor de  17 medios hermanos todos con el mismo  nombre de su padre  al quien solo vio dos veces, la primera vez fue marcado con una cruz de ceniza, esa cruz seria la marca para su muerte.  Viviría escapando toda su vida ocultándose en la sierra y cuando quiso refugiarse en la casa de su padre murió de un disparo. Ahora en esta vida  era un hombre formidable lleno de bravura pero con dotes de hombre más marcados que otras veces, tenía una pequeña barba negra  que en todas las vidas y cuerpos  lo caracterizaban.

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Como cualquier árbol, todas sus vidas también tenían una raíz, una vida que termino en un fusilamiento, donde a lo lejos  una mujer extraña lo miraba con una lagrima derramada en su rostro, no pudo recordar de donde la conoció y de ningún modo  volvió a mirar una cara triste tan hermosa a pesar de los cientos de mujeres que pasaron en sus brazos, aquella mirada provocaba un sentimiento desconocido. De pronto unos pasos resaltados se escuchaban  acercándose, un oficial de pelo corto con voz gruesa y burlona  le dijo  –bonito cuello-  le abrió  la celda,  era su escolta para la horca. Tuvo la oportunidad de escapar pues aunque el oficial emitía una personalidad de  carácter fuerte   era más torpe que  un padre suyo cuando vivía en Colombia,  tardo un minuto  y treinta y dos  segundos en encontrar la llave del manojo que abría  la celda, sin tomar en cuenta las veces que se le cayeron al piso, llego a creer que el oficial le dio más tiempo de vida pero  ya no importaba,   pensó en la mujer que nunca volverá a ver, la que provoco su muerte y la que la quiso con tal pasión  la noche anterior que todavía  sus prendas rotas desprendían un olor a sexo.

De camino a la horca  miro el cielo, las nubes tapaban el resplandor del sol, como si el día estuviera de luto en honor a él. Cerro los ojos y había un momento  de su vida en Perú que no olvidó, su madre le conto cuando era niño una  antigua leyenda, decía que las almas gemelas eran antiguos  ángeles a los que no se les permitió dar fruto a su amor. Dios les ponía una prueba  del destino expulsándolos del paraíso y colocándolos en la tierra  uno alejado del otro. Cuentan aquellos santos que sus almas siguen errando por el mundo, saltando de cuerpo en cuerpo, siglo tras siglo, con la quimera de volver a encontrarse y por fin cumplir su destino. Ellos no saben que se verán, han perdió todo recuerdo  del otro y ni siquiera lo esperan, han olvidado que se encontrarían.   Pero cuando dos almas se topan algo cambia en el ambiente, el sol se oculta  y en algunas ocasiones llueve, es la manera de aplaudir  que tiene el  cielo por tal magnifico momento.

Cuando subió las escaleras de madera que rechinaban con cada paso, en aquella horca montada en medio de la plaza, le dieron la noticia que la persona quien lo delato fue aquella mujer con la que  su alma se  revolcó entre sabanas y movimientos bruscos; aquella mujer con la que  jamás había efectuado tales formas y acrobacias que recuerdan que el sexo  parte de lo divino que es la vida.

Decepcionado admitió su cruel fatalidad, su alma se quebraba en pedazos. Al subir se encontró con una mujer que posaba ya al lado del verdugo quien preparaba las sogas, compartirían el tiempo de sus muertes. Una mutua mirada los envolvió, descubrió en ese rostro sucio y pálido, la misma sonrisa que había visto en su primera vida, de algún modo ella también lo sabía. Un estruendo del cielo sonó y una lluvia con gotas tan sincronizadas caían una tras otra. El verdugo les coloco su soga y  cubiertos en un éxtasis de felicidad sabían que era su última vida.

García Márquez por Daniel Mordzinski
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(Con  admiración de lo ya creado por García Márquez: que fue, es y seguirá siendo el alma de Macondo.)

AUTOR: Hugo González Ixtlapale

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