Para seguir la noche…

Arrequí
AUTOR: Eduardo Arrequí

Parques y cigarrillos…

No podré escapar esta vez,

ni se fragmentará en mis sábanas

la angustia ni el insomnio.

No sentiré culpa,

y mucho menos se sofocarán

mis pulmones al cerrar los

párpados.

Dios no me castigará;

el karma hará efecto.

No habrá vino que someta

a juicio mis acciones,

ni lamentos que fatiguen

mi cigarrillo.

No habrá besos de despedida,

y mucho menos miradas

que se entreguen ocasionalmente

al morbo.

Hoy no habrá miedo.

Y mucho menos,

voces que me impidan vivir.

Me dueles patria…

Desde mis entrañas,

me dueles México.

Me duele verte desnudo,

indefenso, mudo y callando

a trueno de pólvora el

ensordecedor ruego de tu gente.

Me duele ver sangrar tu

velo,

me duele quedarme sereno

contemplando a tus

águilas devorar gusanos

en vez de serpientes,

me consume el cinismo de

permanecer inmóvil

mirando a tus beneméritos

patrios vomitar en tus iglesias,

y a tus Generales

mofándose del casi extinto llanto de tu

gente que ruega la misericordia de

un dios que les ha dado la espalda,

de una cruz que se ha clavado en

sus pechos,

de un Iscariote que sentado en el trono

de Cristo repartiendo mentiras, les ha

cerrando las puertas a la casa de Dios.

Me dueles México,

me duelen tus calles manchadas

de codicia,

me duelen tus indios pasando

hambre,

me duelen tus frágiles monumentos

bautizados por esclavos.

Me duele, que justo ahora que la justicia

y la verdad valen menos, inmensamente

menos que el estiércol,

nadie pierda la cordura y encienda la

llama de libertad que tan apagada esta

en el seno de tu patria.

Me dueles patria,

Me dueles México.

 

Lindo día…

 Hoy desperté con el frío

hurtando la comodidad

de las sábanas.

Desperté olvidando la

alegría de tener trabajo

y con la ligera sensación

de costumbre escurriendo

en la regadera.

Fumé mis cigarrillos con

ansiedad entre los dedos,

bebí mi café con los labios

disueltos en cansancio,

y blasfemé;

pedí que la lluvia cesara en

vez de agradecer por no tener

que regar las plantas esa tarde.

Solo aquellos ojos pardos,

grandes, marrones,

de esos que acostumbran consumir

el mundo esfumaron la monótona

rutina de maldecir el día.

Al final de todo; fue bueno.

“Que tengas lindo día…”

me dije a mi mismo.

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