Para empezar la noche…

 

Viejo amor…

 Viciada mi mente ajena

razón,

asfixiado mi pecho colérico

brama suplicio.

Surto embargo; víctima

mi alma

sagaz condena.

Tartamudean mis manos en ligero

tacto tu nombre;

perenne el recuerdo.

*

Suave la carne vistiendo

el borde de tus labios,

dulce anís el que sublima

sosiego la falaz esperanza

besando mis mejillas:

cada noche,

cada día,

cada vida en la que nos

volvemos a encontrar…

 

Apócrifa…

Brotas de mis dedos como tinta

que por sí misma se hace poesía.

Y no, aún no comprendo como

después de tantas noches en las

que mi mente permaneció inmóvil,

llegas tú,

como musa,

como agua que refresca esta sed

por escribir

por escribirte.

Sin darme cuenta,

que desde hace tres versos

ya te amaba…

 

Líquido…

Caen cabellos como líquido,

de un gotero perpetuo,

como agua, o mermelada,

o sudor, o sangre.

Caen en tu espalda

en mi pecho.

Caen interrumpiendo un beso,

o un orgasmo,

o un verso,

o un grito;

Obligándome,

aún sin dejar de caer

a desvanecer con una caricia

la ventana empañada que crean

en tu rostro.

Caen;

sobre la cama,

sobre tu cuello,

sobre mi vientre.

Como río de cristal,

como cause de espermas,

como mar de saliva.

Caen.

Caen.

Caen.

Hasta ser mortales.

Hasta hacernos líquido a nosotros.

Eduardo Arrequín

 

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